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martes, 5 de marzo de 2013

LA PARADOJA DE LEBRON JAMES


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Por Bruno Altieri

LeBron James es el jugador más dominante de la NBA. Nadie puede tener un atisbo de duda al respecto. Pertenece a la nueva generación de jugadores híbridos, formada por camaleones capaces de ajustarse a diferentes escenarios del juego debido a su sorprendente versatilidad.

En materia de números, James sólo puede -y quizás podrá, lo veremos con el tiempo- ser superado por James. El PER (Player efficiency rating) creado por John Hollinger ha tenido que crear un nuevo cuenta kilómetros para otorgarle a LeBron una residencia digna en el mundo de las matemáticas. Puntos, rebotes, asistencias, bloqueos: todo se envuelve en un mismo envase con una naturalidad escalofriante.

Sin embargo, la historia de reconocimiento de las masas a LeBron no parece ir por la misma vía de sus números. Es, quizás, el jugador perfecto: una especie de Capitán América construido en laboratorio que luce como un adulto en un jardín de infantes. Para el amante del básquetbol y sus variantes estratégicas (muchos llaman a esto "Mundo FIBA"), James es alguien que arruina este deporte en el buen sentido: su sola presencia dentro de la cancha es un emparejamiento irregular, en el perímetro o en la pintura. En ataque o en defensa. En ataque estacionado o en transición. Eso genera que sus partidos sean, de alguna manera, absurdos. El juego se desnaturaliza por la sola presencia de un jugador extraordinario.

No vamos a decir que James no arrastra fanáticos, porque sería una locura, pero su legado se mantiene dentro de la estructura del Heat. No se extiende al mundo del básquetbol, que lo respeta, lo destaca, pero no lo ama. Esa es la diferencia radical con otras figuras del pasado y del presente, Es un ícono mundial que ha sido explotado desde muy pequeño por el marketing y que ha tenido que lidiar con una presión irracional que lo ha obligado a padecer su talento en lugar de disfrutarlo.

El dominio de James es una combinación de físico con talento desmedido. Todo para él es sencillo y cuando repite la fórmula de ir hacia el fondo del aro en penetración, para la defensa es como intentar atrapar una locotomora con un lazo. O te mueves o te destroza a tí y todo lo que tienes a tu alrededor.
Con esto queremos decir que es un arma de destrucción masiva, y eso, por momentos, luce como algo aburrido. Su estética se impone por el físico: es el cuadro lo que arrastra miradas y no los colores o el dibujo. Lo hace tan fácil, con tan poco esfuerzo, que se presenta como una obviedad. Novedad, entonces, sería que no se impusiera, que no lograse con semejante caudal de recursos quebrar el orden establecido.

Este aburrimiento se ve por momentos desde afuera y también lo siente él mismo por dentro: es por esa razón que año tras año, en vez de atacar el aro ante la desesperación del mundo -a excepción de los playoffs pasados-, LeBron decidió abrirse y lanzar desde zonas perimetrales: debía hacerlo más difícil, ponerse alguna meta superadora. Mejorar en el poste, mejorar la capacidad asistidora, defender perimetrales e internos. LeBron vs. LeBron. Trazar un objetivo más ambicioso, algo que le permita superarse a sí mismo ante la ausencia de rivales que signifiquen un escollo superior.

Es por eso que James se ha convertido en el primer todoterreno descomunal predecible en sus acciones y en sus logros. Para el fanático de Miami esto no significará nada, porque seguirá disfrutando a diestra y siniestra con su ídolo -es lógico-, pero para el resto todo morirá en los números. Es el arte de hacer todo y despertar la admiración, el respeto, pero no la emoción.

A James le faltan cosas que profundicen lo emocional. Le falta una gran historia que acompañe su legado. Le faltan los 63 puntos ante los Boston Celtics, el día de la fiebre o "The Last Shot" ante Jazz de Michael Jordan; los ocho puntos en nueve segundos de Reggie Miller, los 81 puntos de Kobe Bryant... En fin.

La gran historia alrededor de LeBron se venció el día en que ganó su primer campeonato. Poder o no poder, esa era la cuestión. El mundo quería ver si su físico podía vencer a su mente. Conquistar esa batalla fue un desahogo para él, pero con ese triunfo se terminó una inmensa cuota de atractivo sobre su figura. LeBron, entonces, vence desde la razón, pero no desde el corazón. Es curioso que esto suceda y no deja de ser una paradoja: el mejor jugador de la competencia por años funciona con el poder de una máquina. Es la matemática pura contra la lengua y sus derivaciones. Álgebra contra poesía de manera periódica.

Quizás todo hubiese sido diferente si lograba su primer trofeo Larry O'Brien con la camiseta de los Cleveland Cavaliers. Esa historia descartada despierta la pasión de lo que podría haber sido y no fue.

Recordemos que James es procedente de Akron, Ohio, lo que hubiese significado ganar en su casa.

Para los oriundos de Cleveland -y para Dan Gilbert, sobre todo- fue la gran traición de sus vidas. La lealtad, para figuras de semejante talla, juega un rol trascendental en los hechos del futuro.

La paradoja de LeBron James no es una crítica a su juego. Al contrario, su misión es concretar todo el tiempo a velocidad y efectividad alarmante, y en eso araña todos los días la perfección. Es la parte de histeria la que parece no estar presente: la seducción como método, la que despierta una adicción incomprensible, la que obliga a no despegar los ojos del televisor en cada oportunidad que su cara aparece en escena.

No sabemos si esto cambiará en el futuro, porque de eso se trata el amor: no existe explicación racional al respecto.

Y, a decir verdad, es algo que florece sin necesidad de salir a buscarlo.

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